We may not have it all together, but together we have it all

sábado, 21 de agosto de 2010

Ella y el amanecer. Las nubes son oscuras, casi negras y poco a poco invaden todo el cielo pero en un pequeño hueco se lo puede ver, el sol, como si la felicidad estuviera oculta, pero al fin está. Está ubicado a la izquierda, allí las nubes siguen oscuras pero en sus bordes, amarillas, resultado del reflejo del sol. Y a la derecha, también están negras pero sus bordes naranjas, pese a que el sol no las está mirando. Más abajo hay cielo y nada más que cielo, como un degradé de izquierda a derecha. Primero los tonos más claros y finalmente los oscuros. El límite entre el mar, el cielo y la orilla están bien marcados como si estuviesen trazados con una regla. El mar, sereno, no se ve ni una ola y la orilla, reflejada por el cálido cielo, brillante, con pinceladas negras, resultado de la arena mojada. Ella siempre prefirió ver las cosas de ese modo, siempre vio un sol aunque fuese a través de un mínimo hueco, siempre trató de ver lo bueno, lo que podía tener. Se esforzó hasta hartarse por conseguir un paisaje agradable aunque tuviera que hacerlo con reglas, con normas inventadas solo para conseguir lo que deseaba, ser feliz con él, no veía la vida de otra manera, así como no veía el paisaje de otra manera. El sonido del trueno de una tormenta vecina la llamaba unos tres años atrás. Nunca se sobrepuso a ese hecho, siempre supo su nombre, nunca lo dijo, ni siquiera lo repetía para ella, pensaba que si no lo nombraba no existiría. Ella espiaba por esa insignificante cerradura aunque al ver esa perturbadora imagen, lloraba, tratando de no hacerlo con ese nudo en la garganta, ese nudo eterno. Ese degradé empezando por la claridad, como se sentía ella cuando estaba con él esos tres años, esa oscuridad que anunciaba la tormenta. El reflejo del cielo en la orilla que brillaba como sus ojos, esa mirada infinita que jamás olvidaría. Miraba el mar, pensaba, la orilla y su reflejo, las nubes y ese hueco de prosperidad, el horizonte y sus líneas trazadas, todo en conjunto. Todos esos siete años de dicha que había perdido en tres años le quitaban la esperanza de seguir viviendo, para ella se había perdido todo, su vida era una desgracia pero su muerte, casi una necesidad. Seguiría amándolo o quizá trataría de olvidarlo pero jamás hubiera querido hacerlo. Si en su vida todavía pudiese existir un buen sentido entonces viviría, pero la suya estaba dañada para siempre. Si en su existencia amor era demencia y la cura era la desolación, entonces abandonaría su palpitar y se marcharía chillando a la ausencia. Así empezó a formar parte de ese paisaje, solo que ahora su conjunto era la infinidad, el mar y el inaudito pero espeluznante sonido de ese trueno nunca dejaría de sonar.

Juana Rozas

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